Jóvenes Sin Fronteras: Concierto de Luis Enrique Ascoy junto a su Banda Sin Futuro en ETEN
Publicado por RedMisionera | Categorías: Iglesia Misionera, Noticias, música | Fecha: 27-06-2009
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El pasado 14 de junio, con más de 20 mil asistentes, la Diócesis de Chiclayo, celebró la fiesta del Corpus Christi en el Estadio Elías Aguirre.
La Santa Misa estuvo presidida por Mons. Jesús Moliné Labarta, Obispo de la Diócesis, y concelebrada por Mons. Ricardo Guerrero, P. Esteban Puig, P. Jorge Sánchez y todos los sacerdotes de la jurisdicción diocesana.
Durante su homilía, Mons. Jesús Moliné centró su mensaje en la presencia de Jesús en la vida diaria – “para que los demás perciban en nosotros que Jesucristo no se desentiende de nuestras realidades, aun de las más humanas” - dijo. Además, hizo referencia a la tragedia ocurrida en estos últimos tiempos en Bagua, rogando por la paz y por “la valentía de ceder en cuanto podamos para vivir unidos trabajando por el bien común”. No dejó de mencionar a los pueblos de Inkawasi y Kañaris que vienen sufriendo los estragos del friaje de esta temporada, lamentó la muerte de los niños y de la falta de prevención de las autoridades.
La celebración que empezó a las 10 a.m. congregó a familias, colegios, comunidades parroquiales y religiosas de la diócesis, quienes con un profundo fervor participaron de la Eucaristía, la que fue impartida en cada una de las tribunas por los sacerdotes.
Después de la comunión, la Eucaristía permaneció como centro de celebración, para luego ser adorado por todos los fieles en la procesión alrededor del campo del estadio.
La procesión del Cuerpo de Cristo duró aproximadamente 45 minutos, durante su recorrido se le rindió homenaje en 3 altares preparados por el Colegio Beata Imelda, Fuerza Aerea del Perú y el Colegio Rosa María Checa. Asimismo cada estación era motivo de reflexión, las cuales estuvieron a cargo de los sacerdotes: Mons. Ricardo Guerrero (Vicario General de la Diócesis), P. Antonio García Pezo (Capellán – Grupo Aéreo Nº 6) y P. José Estebas (Asesor de la Comisión Diocesana de Juventud).
Al finalizar la procesión, Mons. Jesús Moliné impartió la bendición a los fieles con el Santísimo Sacramento.
El comité encargado de la coordinación de la festividad agradece a las comunidades e instituciones que apoyaron en el desarrollo del mismo. Asimismo, Mons. Jesús Moliné Labarta, Pastor de la Diócesis, hace votos para que las familias mantengan a Jesús Eucaristía como centro de sus vidas y propaguen este Amor a sus semejantes.
Descarga: Homilía Mon. Jesús Moliné Labarta
Fotos: Álbum en Flickr
Parte I
Parte II
Vídeo Vocacional de la Conferencia Espiscopal Norteamericana.
Ayer viernes se aperturó en la Iglesia el “Año Sacerdotal” (del 19 de junio de 2009 al 19 de junio de 2010).
Este video resalta lo “sobrenatural” del sacerdocio, un homenaje a quienes son nuestros Padres en la fe, quienes “lo dejaron todo” por ser “Pescador de Hombres” (Cfr. Lc. 5, 11-12).
Es también una inspiración para tantos jóvenes que queremos darle un real sentido a la “entrega”.
Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: ” ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía?”. Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuento me vieron, me preguntaron: “¿Ha podido celebrar la Santa misa?”.
En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. “Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la villa del mundo” (Jn 6, 51).
“En memoria mía”
Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes… Les puse: “Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago”. Los fieles comprendieron enseguida.
Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: “medicina contra el dolor de estómago”, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.
La policía me preguntó:
–¿Le duele el estómago?
–Sí.
–Aquí tiene una medicina para usted.
Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: “Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo”, como dice Ignacio de Antioquía.
A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida!
La Eucaristía en el campo de reeducación
Así, en la prisión, sentía latir en mi corazón el corazón de Cristo. Sentía que mi vida era su vida, y la suya era la mía.
La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús en la Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que vivían conmigo, como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del siglo XX.
En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa.
Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenía que participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis compañeros católicos y yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los prisioneros se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.
Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos.
En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en varios campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino que fue la ocasión para un prolongado diálogo interreligioso que creó comprensión y amistad con todos.
Así Jesús se convirtió –como decía Santa Teresa de Jesús– en el verdadero “compañero nuestro en el Santísimo Sacramento”. Un solo pan, un solo cuerpo. Y Jesús nos ha hecho ser Iglesia. “Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1 Co 10, 17). He ahí la Eucaristía que hace a la Iglesia: el cuerpo eucarístico que nos hace Cuerpo de Cristo. O con la imagen joánica: todos nosotros somos una misma vid, con la savia vital del Espíritu que circula en cada uno y en todos (cf. Jn 15).
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Extracto de la Obra: Testigos de esperanza
Autor: Cardenal F.X. Van Thuan
Unos meses antes de su muerte el Obispo Fulton J. Sheen fue entrevistado por la televisión nacional: “Obispo Sheen, usted inspiró a millones de personas en todo el mundo. ¿Quien lo inspiró a usted? ¿Fue acaso un Papa?”.
El Obispo Sheen respondió que su mayor inspiración no fue un Papa, ni un Cardenal, u otro Obispo, y ni siquiera fue un sacerdote o monja. Fue una niña china de once años de edad.
Explicó que cuando los comunistas se apoderaron de China, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia. El sacerdote observó aterrado desde su ventana como los guardias penetraron en la iglesia y se dirigieron al santuario. Llenos de odio profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al suelo, esparciendo las Hostias Consagradas. Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuantas Hostias contenía el copón: Treinta y dos.
Cuando los guardias se retiraron, tal vez no se dieron cuenta, o no prestaron atención a una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, la cual vió todo lo sucedido. Esa noche la pequeña regresó y, evadiendo la guardia apostada en la rectoría, entró en la iglesia. Allí hizo una Hora Santa de oración, un acto de amor para reparar el acto de odio.
Después de su hora santa, se adentró al santuario, se arrodilló, e inclinándose hacia delante, con su lengua recibió a Jesús en la Sagrada Comunión. (en aquel tiempo no se permitía a los laicos tocar la Eucaristía con sus manos).
La pequeña continuó regresando cada noche, haciendo su Hora Santa y recibiendo a Jesús Eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última Hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia. Este corrió detrás de ella, la agarró, y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.
Este acto de martirio heróico fue presenciado por el sacerdote mientras, sumamente abatido, miraba desde la ventana de su cuarto convertido en celda.
Cuando el Obispo Sheen escuchó el relato, se inspiró en tal grado que prometió a Dios que haría una Hora Santa de oración frente a Jesús
Sacramentado todos los días, por el resto de su vida. Si aquella pequeñita pudo dar testimonio con su vida de la Real y hermosa Presencia de su Salvador en el Santísimo Sacramento, entonces el obispo se veía obligado a lo mismo. Su único deseo desde entonces sería, atraer el mundo al Corazón Ardiente de Jesús en el Santísimo Sacramento.
La pequeña le enseñó al Obispo el verdadero valor y celo que se debe tener por la Eucaristía; como la fe puede sobreponerse a todo miedo y como el verdadero amor a Jesús en la Eucaristía debe trascender a la vida misma.
Lo que se esconde en la Hostia Sagrada es la gloria de Su Amor. Todo lo creado es un reflejo de la realidad suprema que es Jesucristo. El sol en el cielo es tan solo un símbolo del hijo de Dios en el Santísimo Sacramento.
Por eso es que muchas custodias imitan los rayos de sol. Como el sol es la fuente natural de toda energía, el Santísimo Sacramento es la fuente sobrenatural de toda gracia y amor.
JESÚS es el Santísimo Sacramento, la Luz del mundo.
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Autor: Rev. Martín Lucía
Vía: Catholic.net
P.S.: Comparto esta historia porque gracias a ella es que descubrí el verdadero valor de la Eucaristía, si deseas compartir más historias como estas, añade el enlace(link) en los comentarios.

En la fiesta del Corpus Christi la Iglesia revive el misterio del Jueves santo a la luz de la Resurrección. También el Jueves Santo se realiza una procesión eucarística, con la que la Iglesia repite el éxodo de Jesús del Cenáculo al monte de los Olivos.
Jesús da realmente su cuerpo y su sangre. Cruzando el umbral de la muerte, se convierte en Pan vivo, verdadero maná, alimento inagotable a lo largo de los siglos. La carne se convierte en pan de vida.
En la procesión del Jueves santo la Iglesia acompaña a Jesús al monte de los Olivos. En la fiesta del Corpus Christi reanudamos esta procesión, pero con la alegría de la Resurrección. El Señor ha resucitado y va delante de nosotros.
La procesión del Jueves Santo acompaña a Jesús en su soledad, hacia el “via crucis”. En cambio, la procesión del Corpus Christi responde de modo simbólico al mandato del Resucitado: voy delante de vosotros a Galilea. Id hasta los confines del mundo, llevad el Evangelio al mundo.
Ciertamente, la Eucaristía, para la fe, es un misterio de intimidad. El Señor instituyó el sacramento en el Cenáculo, rodeado por su nueva familia, por los doce Apóstoles, prefiguración y anticipación de la Iglesia de todos los tiempos.
De este modo, se respondía a la exhortación de san Pablo a los Corintios: “Examínese, pues, cada cual, y coma así este pan y beba de este cáliz” (1 Co 11, 28). Partiendo de esta intimidad, que es don personalísimo del Señor, la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias.
Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad.
En la procesión del Corpus Christi, como hemos dicho, acompañamos al Resucitado en su camino por el mundo entero. Precisamente al hacer esto respondemos también a su mandato: “Tomad, comed… Bebed de ella todos” (Mt 26, 26 s). No se puede “comer” al Resucitado, presente en la figura del pan, como un simple pedazo de pan.
La finalidad de esta comunión, de este comer, es la asimilación de mi vida a la suya, mi transformación y configuración con Aquel que es amor vivo. Por eso, esta comunión implica la adoración, implica la voluntad de seguir a Cristo, de seguir a Aquel que va delante de nosotros.
Las procesiones son públicas manifestaciones de fe; y por eso la Iglesia las fomenta y favorece hasta con indulgencias. Pero la más solemne de todas las procesiones es la de Corpus Christi.
En ella se cantan himnos sagrados y eucarísticos de Santo Tomás de Aquino, el Doctor Angélico y de la Eucaristía. Algunos de los himnos utilizados tradicionalmente son: Pange lengua; Sacris solemniis; Verbum supérnum; Te Deum, al terminar la procesión; y, Tantum ergo, al volver de la procesión, en torno del altar para finalizar.
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Estracto de la homilía de S.S. Benedicto XVI del Jueves 26 de mayo de 2005 por: Arzobispadodelima.org
Homilía completa en: ACI Prensa
Llamamos suicidio a aquella acción por la cual una persona acaba con su propia vida. La clasificamos como conducta autodestructiva porque esa acción puede conducir directamente a la muerte o puede ser un intento pero siempre existe una intención letal en su misma esencia.
A todos nos debe cuestionar profundamente que hoy exista gente que se suicide supuestamente con el propósito de lograr un fin justo, como los extremistas que hacen detonar bombas en sus cuerpos matándose y quitándole la vida a otros seres humanos inocentes. El suicidio es la huida, la renuncia y el miedo a enfrentar una realidad dolorosa.
El ser humano continuamente lleva a cabo acciones autodestructivas como por ejemplo fumar, beber en exceso, practicar deportes de riesgo pero la intención habitualmente no es la de acabar con la propia vida sino experimentar determinado placer.
(EWTN) Enseñanza de la Iglesia Católica sobre el suicidio por el Padre Pedro Nuñez
El pensamiento ante la muerte es inherente a la especie humana como la vida misma, pues aparentemente somos los únicos que sabemos que vamos a morir. Sin embargo, en todos los tiempos, reflexiones suicidas azotan en las mentes de las personas día a día alrededor del mundo.
Todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,26): el don de la vida eterna.
Recordemos que Jesús ya pagó por la vida de cada uno de nosotros… No debemos de quitarnos lo que no nos pertenece.
Recordemos tambien el 5to mandamiento: “No mataras”.
Concluciones sobre el suicidio:
Busca a DIOS en todo momento… Salu2 desde RedMisionera.com
Referencias: Dr. Luis E. Ráez, Ps. Gloria Marsellach Umbert, Dr. Ricardo Rozados y Cristina Berg
Tony Melendez nació sin brazos.
Empiezo contándote esto para que te imagines lo difícil que fue su vida y la de sus familiares que lo recibieron al nacer, como nos cuenta
Tony nació sin brazos, sus hermanos no. Sus padres le preguntaron al cielo ¿porqué?. La abuela de Tony le dijo a su madre de Tony, no cuestiones a Dios, el sabe porque nos lo ha mandado, el algún día será un ejemplo.
Efectivamente, ahora Tony es inspiración de muchas personas para enfrentar los obstáculos, él toca la guitarra con los pies y recorre el mundo entero con un mensaje fuerza: “Yo quiero, yo puedo, yo voy”.
Su fama creció después de que Juan Pablo II lo felicitara por su valor y lo pusiera como ejemplo de muchos jóvenes, precisamente, en honor al Papa es que Tony Melendez es invitado para cantar en los Premios Billboard 2005 en un homenaje póstumo.
Esta semana Tony Melendez está de visita en Perú, fue recibido por el Presidente de la República, quien aplaudió su valor y el mensaje de entusiasmo y esperanza que trasmite.
Hoy día se presenta en un evento de desarrollo personal jamás visto en Lima en el Centro de Convenciones María Angola de Miraflores, donde él expondrá su experiencia de éxito, ya que nada es imposible.
“Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” (I Corintios 15,14)
Nuestra Fe Cristiana se fundamenta en la Resurrección de Cristo, pues creemos en un Cristo Resucitado, en un Cristo Vivo, es por ello que la celebración de la Semana Santa, la Semana Mayor, es muy especial, incluso más que la Navidad, me atrevería a decir.
Este gran acontecimiento de la Resurrección es único y muchos pueden (¿o podemos?) dar testimonio de ello.
Meditemos en cada uno de los personajes TESTIGOS de este acontecimiento:
(Mt. 28, 1-10)
La mujer juega un papel muy importante en la Iglesia y no el de ser “comunicadora” presisamente, como más de una vez habremos bromeado en nuestras comunidades, sino que, su servicio y su prudencia al ejercerlo, hacen de ese servicio un privilegio.
Mientras María y las otras mujeres iban a cumplir su labor, al encuentro del Maestro, pero es Él quien sale a encontrarse con ellas.
Es curioso como la fragilidad de las mujeres las hace a la vez fuertes ante una dificultad, cuántos de nosotros abandonamos, por mas cristiana que sea, nuestra misión, cuando se torna difícil, ellas en cambio, en medio de llantos, deciden ir a cumplir con lo encargado, porque se trata de Jesús, le saben dar su valor y Él les sabe corresponder, haciéndoles partícipe de una inmensa alegría… la dolorosa labor de asistir el cuerpo yaciente del Maestro, se convierte en la Jubilosa Tarea de ANUNCIAR SU RESURRECCIÓN. Muy bien merecido chicas – “solo quien sea capaz de soportar dicha prueba y no tirar la toalla, se merece tremenda Misión”.
(Jn. 20, 3-10)
Ambos corrian al sepulcro a “ver” que pasaba, a tratar de entender lo contado por las mujeres ¿cómo es eso que el Maestro no está?.
Llega Pedro y entra al sepulcro y efectivamente, el Señor no estaba, sin más reflexión que el asombro al ver la escena, se va.
Juan, quien se había adelantado, pues era un Joven (emprendedor, entusiasta, curioso), pero no hacía las cosas por hacer, sino que todo era, se podría decir, friamente calculado, tanto asi que al llegar y ver lo que seguramente iba a comprobar lo dicho por las mujeres, se detiene, reflexiona y ya preparado, se dispone a entrar, a diferencia de Pedro, este discípulo no solamente “ve”, sino que “mira”, observa cada detalle que es capáz de describirlo en un posterior libro evangélico, observa con tal sutiliza que es capáz de sacar de ello su particular conclusión, no comprobar lo que le “habían contado”, sino entender por si mismo lo ocurrido – vio y creyó – esto hace de Juan un testigo del acontecimiento, luego, sigue reflexionando (¿qué? ¿no que era entusiasta?, para que vean que por más Joven alocado que sea, sabía lo que hacía y en el momento en que lo hacía).
(Mt. 28, 4 . 11-15)
Sí, los guardias también fueron testigos de lo ocurrido, vieron lo acontecido, se atemorizaron, pero no entendieron nada, al menos algunos de ellos, quienes no le dieron la real importancia a lo ocurrido, un hecho fantástico, impresionante, paranormal – si se quiere – pero no trascendente en sus vidas, con muchas inquietudes en sus cabezas (no en su corazón, pues no se dieron chance de meditar el hecho), fueron ante quien, debería darles respuesta, los sabios, los que saben de profesías y esas cosas, pero no recibieron más que el peso de otra roca, una roca que no tendrían que custodiar, sino que la llevarían sobre sus hombros y los detendría en el camino hacia la Verdad Plena… y la duda se convirtió en mentira.
Llámese a esa roca, dinero, placer, comodidad, todo lo que sea ofrecido por la frivolidad y la irreflexión (el mundo), aquello que te estancaría en una metira, aquello por lo que serías capaz de dejar de buscar esa Felicidad, esa Verdad, aquello por lo que serías capaz de engañar… de engañarte a ti mismo.
Los otros, pocos, muchos, no lo se, seguro que si se dispusieron a la reflexión, seguro que no fueron capaces de cargar con esa piedra tan pesada de la mentira y seguro que si acudieron a quienes les puedan ofrecer verdaderas respuestas: al amor y a la esperanza (la iglesia).
(Lc. 24, 13-35)
¿En qué se diferencia el camino de Jerusalén a Emaús y el de Emaús a Jerusalén? Parece una pregunta capciosa, pues sabemos que la distancia es la misma.
El camino de Jerusalén a Emaús es un camino duro, lleno de tristeza y desconsuelo, literalmente es un atardecer… se murió Cristo, se murieron sus esperanzas y todas sus espectativas por un mundo mejor, sin embargo, esa Esperanza sale a su encuentro, el Consuelo de su desconsuelo está allí, con ellos, lo escuchan, lo sienten, pero no lo ven, las lágrimas no les permiten ver, de entre el desierto, el maravilloso Oasis que tienen antes sus ojos, el atardecer les impide reconocer a Quien les trae la Buena Nueva, necesitan luz y esa luz viene en forma de Pan.
El camino de Emaús a Jerusalén es un camino iluminado – a pesar de ser ya muy tarde – es un camino iluminado por la alegría, por el gozo de la Gran Noticia, es un camino igual de accidentado pero en otra dirección, no en dirección a la felicidad, sino hacia el anuncio de ella, felicidad de la que ¡ya! son partícipes. Estos personajes pasan de ser siluetas en la penumbra a ser “Portadores de la Luz”.
(Mc. 16, 10 ; Lc. 24, 33-43)
Los once, estaban tristes y llorosos por la muerte de Jesús, cuánto más lo estarían al escuchar desvariar a unas mujeres que aseguran no solo que Cristo está vivo, sino que lo habían visto, ¡pobrecitas! – dirían – aún no lo superan, están peor que nosotros.
El no creer a los testigos, es no creerle a Cristo mismo, pues Él ya lo había anunciado, se podría esperar de cualquiera, ¿pero ellos?, ellos convivieron con el Maestro… ¡si! pero no habían entendido nada.
Lo que si sabían y de buena fuente, es a vivir el Amor, la comunidad, tanto que ha pesar de la negación de Pedro y de que entre ellos no tuviesen cara para mirarse por la culpa que sentían, estaban juntos, recibían la fortaleza necesaria – mas no suficiente – para ese momento de llanto. Pero, tuvo que venir Él mismo, el Maestro, a enjugar sus lágrimas, nadie le gana en gestos a Jesús, es tan detallista, ellos tratando de demostrarse amor en los momentos difíciles y el Amor haciéndose presente en medio de ellos.
Ya no es la tristeza y el llanto lo que inmoviliza a los discípulos, sino la alegría y el asombro que los detiene a contemplar tan maravilloso suceso.
Todo eso pasó en un solo día, sin embargo, el evangelio se actualiza en:
Hech. 9, 1-16 ; 22, 14-15 ; I Cor. 15, 14-22
¿Testigo de la Resurrección? ¿Cómo, si no había conocido a Cristo en persona?
Cómo que no, Pablo afirma – “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe” – su fe la fundamenta en la Resurrección de Cristo, algo que para él es real, no se lo han contado, sino que él mismo da testimonio de lo que ha “visto y oído”… y es capaz de dar su vida por defender la Verdad…
… Un verdadero Cristiano, no es un cuentacuentos que se sabe partes de la Biblia, sino que es un testigo de lo ocurrido ese domingo de Pascua, es un testigo de la Resurrección de Cristo y da tetimonio de eso.
No se que tipo de testigo eres, si como Magdalena que afronta el sufrimiento y es capaz de escuchar, en medio del llanto, la voz de su Señor que la llama por su nombre; o como Pedro y Juan que buscan comprobar si es cierto o no, algunos se dejan llevar por lo “evidente”, otros se detienen a reflexionar; como los de Emaús, que después de su encuentro con el Señor, deciden cambiar de sentido, mas no de camino; como los Once, que buscan consuelo en el amor de las demás personas y encuentran en ello al gran Amor; o porque no decirlo, como los Guardias, algunos, viendo acontecimientos importantes en su vida, pretenden darles explicación, acudiendo a horóscopos, adivinaciones, etc. y estas los detienen en su búsqueda prometiéndoles amor, dinero y salud, o los otros que son capaces de buscar la Verdad en donde si la encontrarán.
Sea como sea, un Cristiano debe ser TESTIGO de lo acontecido en su propia vida, no de lo que los demás le han contado, sino de lo que él mismo ha “visto y oído”, un Cristiano debe dar TESTIMONIO de sus encuentros con el Señor que Vive, un Cristiano debe dar testimonio de lo que el Señor a hecho en su vida, pues las cosas pasan por algo, nada sucede por casualidad, sino por causa-lidad, por una causa.
Que seamos capaces de reflexionar los pequeños o grandes detalles que nos regala Nuestro Señor en cada momento de nuestra vida y que María, nuestra Madre, nos tome de su mano en este encuentro-anuncio de Cristo Vivo.